Nuestra biografía nos condiciona. Las
experiencias anteriores hacen que estemos confiados o que, por el contrario,
seamos resentidos. Cuando iniciamos una relación interpersonal no partimos de
cero, el pasado nos influye. El que
ha sido engañado anteriormente se acercará al otro con temor, quien ha vivido
la honestidad establecerá relaciones más generosas. También es posible que el
defraudado reaccione siendo especialmente cuidadoso y exigiendo, a los demás y
a sí mismo, un comportamiento impecable. En cualquier caso, la secuencia del
encuentro con el otro es siempre la misma: al inicio nuestras defensas están
puestas, hablamos de lo intrascendente, de lo admitido por todos; tomamos
precauciones y apenas mostramos cómo somos, cuáles son nuestros problemas y qué
sentimos; nos movemos en un plano superficial. En un segundo momento, si
nuestras expectativas se van cumpliendo, empezamos a bajar nuestras barreras y
mostramos más de nosotros, damos paso a comunicar nuestra intimidad. La confianza se gana y se pierde; mejor dicho, se gana poco a poco y se pierde con rapidez, y cuando se ha
roto es difícil de restablecer.
